¡Gracias por comprar mi libro!
Como muestra de mi agradecimiento, a continuación encontrarás un texto adicional que no estaba incluido en la primera versión del libro. Si cuentas con una edición anterior, este contenido puede ofrecerte una nueva perspectiva o acompañarte de una forma distinta en tu proceso.
Después de ese texto, encontrarás una serie de preguntas profundas que te invito a responder de manera genuina, consciente y sincera. Estas preguntas están pensadas para que reflexiones sobre tu vida y tu camino personal.Tómate un momento para escribir tus respuestas con papel y lápiz.
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¡Espero que disfrutes de esta experiencia y que las imágenes te inspiren!
Sobre la Identidad y la Autenticidad
¿Quién eres cuando nadie te está mirando?
¿En qué momentos te has sentido más auténtico y libre en tu vida?
¿Cuántas de tus decisiones están influenciadas por el miedo a ser juzgado?
¿Qué partes de ti mismo has ocultado o reprimido por miedo al rechazo?
Si el dinero y la opinión de los demás no importaran, ¿cómo elegirías vivir?
Sobre la Sanación y el Perdón
¿Cómo ha influido el rencor en tu vida y qué pasaría si decidieras soltarlo hoy?
¿En qué aspectos sigues siendo prisionero de tu pasado?
¿Cómo sería tu vida si pudieras liberarte de una emoción negativa que cargas?
¿Cuáles son las heridas emocionales que aún no has atendido?
¿Cómo podrías transformar el dolor en una fuente de aprendizaje y fortaleza?
Sobre la Consciencia y la Presencia
¿Cuántas veces en el día actúas en piloto automático sin estar realmente presente?
¿Qué prácticas puedes incorporar en tu rutina para vivir con más consciencia?
¿Qué emociones evitas sentir y por qué?
¿Cómo reaccionas ante la incertidumbre y qué te enseña sobre ti mismo?
¿Qué tan consciente eres de la relación entre tus pensamientos y tu realidad?
Sobre el Amor y las Relaciones
¿Das amor desde la abundancia o desde la necesidad de recibirlo?
¿Qué creencias limitantes sobre el amor has heredado y aún sigues sosteniendo?
¿En qué medida permites que el miedo influya en tus relaciones personales?
¿Qué tipo de relaciones atraes y qué te enseñan sobre tu propio estado interno?
¿Cómo puedes fortalecer la relación contigo mismo para mejorar tus relaciones con los demás?
Sobre la Mente y la Transformación Personal
¿Qué pensamientos recurrentes te están impidiendo avanzar en tu camino?
¿Cómo puedes reescribir la historia que te cuentas sobre ti mismo?
¿Cuáles son las creencias más arraigadas en tu mente y cómo te han moldeado?
¿Qué ideas erróneas sobre la felicidad has tenido que desaprender?
¿Cómo puedes usar la adversidad como una herramienta para tu crecimiento?
Sobre el Propósito y la Dirección de Vida
¿Qué actividades te hacen sentir verdaderamente vivo?
Si tuvieras la certeza de que no puedes fracasar, ¿qué harías diferente en tu vida?
¿Cuál es el mayor propósito que sientes dentro de ti, aunque aún no lo hayas expresado?
¿Qué legado te gustaría dejar en el mundo?
¿Cómo puedes alinear tu vida con aquello que realmente te apasiona?
Sobre el Perdón y la Sanación
¿A quién mantienes “prisionero” en tu mente, y cómo te está afectando?
¿Qué cargas del pasado sigues sosteniendo y qué te impide soltarlas?
Si hoy te permitieras perdonar a alguien (o a ti mismo), ¿qué cambiaría en tu vida?
Sobre la Meditación y la Mente
¿Qué pensamientos negativos repites constantemente y cómo podrías liberarte de ellos?
¿Cómo puedes entrenar tu mente para aferrarse más a lo positivo que a lo negativo?
¿Qué espacio de tu día dedicas a la introspección y el silencio?
Sobre la Conexión con los Demás y Contigo Mismo
¿En qué momentos sientes una verdadera conexión con la vida y con las personas?
¿Cuánto de tu comunicación con los demás es desde la autenticidad y cuánto desde el miedo o la necesidad de aprobación?
¿Cómo puedes escuchar más a tu cuerpo, tus emociones, tu mente y tu energía en el día a día?
Sobre los Cuatro Roles en Nuestra Vida
¿Qué tan consciente eres de la energía que proyectas y atraes en tus relaciones?
Sobre las Sombras y el Autoconocimiento
¿Cuáles son los aspectos de ti mismo que más te cuesta aceptar?
¿Qué patrones negativos se repiten en tu vida y qué crees que intentan enseñarte?
Si pudieras hablar con tu versión del pasado, ¿qué consejo le darías?
Sobre la Ley de la Atracción y la Energía
¿Cuáles son las creencias subconscientes que podrían estar atrayendo experiencias no deseadas a tu vida?
¿Cómo puedes elevar tu vibración y atraer experiencias más alineadas con tu verdadero ser?
Sobre el Agradecimiento y la Plenitud
¿Qué pequeños momentos de tu día pasas por alto y que podrían ser fuente de gratitud?
¿Cómo podrías convertir tu vida diaria en un acto de celebración y disfrute?
¿Qué te impide vivir con la misma alegría y libertad que un niño?
no es ninguna virtud ser victima de otros, ni siquiera de ti mismo.
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capitulo 3
conexion
Los elementos también bailan en mí
No fue algo que aprendí, fue algo que empecé a sentir. Mientras bailaba, algo dentro de mí comenzó a cambiar. No lo entendí al principio, solo sabía que el movimiento me estaba mostrando algo más profundo. Con el tiempo, me di cuenta de que los elementos estaban ahí, presentes en mí, en cada paso, en cada respiración, en cada silencio.
No es que aparezcan o desaparezcan. Siempre están. Solo que a veces los siento con más claridad, y otras veces mi mente está tan ocupada que dejo de notarlos. Pero cuando me vuelvo más consciente, cuando me permito estar presente... ahí están, recordándome que también soy tierra, agua, aire, fuego y espíritu.
Tierra: mi base, mi centro
La tierra la siento en mis pies, en el contacto firme con el suelo. No es un elemento que se mueva, sino que me permite moverme con seguridad. Me da estabilidad, equilibrio, y me recuerda que tengo un cuerpo al que puedo volver. En medio del movimiento, la tierra es mi centro. Me sostiene incluso cuando todo a mi alrededor cambia. Es la base desde la cual me atrevo a explorar.
De todos los elementos, la tierra es el que más siento como algo distinto. No cambia, no reacciona. Está. Permanece. La tierra no baila conmigo... me sostiene mientras yo bailo.
Me conecta con el cuerpo, con el presente, con lo físico. Es mi ancla. Es el lugar al que vuelvo cada vez que me pierdo. Sin tierra, no podría explorar nada. Ella me da permiso para entregarme, porque sé que no me voy a caer.
En mi danza, la tierra representa estabilidad, seguridad y centro. No cambia conmigo, me acompaña en silencio.
Agua, aire y fuego: energía y transformación
En cambio, el agua, el aire y el fuego se sienten diferentes. Son energía en movimiento. Se transforman, me transforman. A veces los siento por separado, otras veces como una sola corriente que me atraviesa.
El agua aparece cuando me dejo llevar. Cuando ya no pienso y simplemente me muevo. Es fluidez, es emoción que se expresa sin palabras. La siento cuando mis movimientos son suaves, continuos, como si estuviera bailando desde dentro, con el corazón.
El aire lo encuentro en la respiración. Cuando exhalo, es como si soltara todo. Cuando inhalo, me lleno de fuerza. El aire me da espacio, ligereza y claridad. Es el elemento que más me conecta con la música, con el ritmo interno, con el momento presente.
El fuego llega cuando todo se enciende: la música, la energía, la conexión. Lo siento cuando respiro con más intensidad o cuando un movimiento nace con fuerza desde el pecho. También lo encuentro al bailar con alguien más, cuando hay una conexión real, sin palabras. Es impulso, pasión, poder expresado a través del cuerpo.
A veces el fuego y el aire se mezclan en la respiración: el aire lo alimenta, el fuego lo intensifica. Otras veces, el agua toma algo de esa fuerza y fluye con más potencia. Son como corrientes que se entrelazan según el momento.
Un flujo que me atraviesa
Estos tres elementos no están separados. Se relacionan entre sí, se mezclan, se transforman unos en otros.
El aire que respiro alimenta al fuego. El fuego transforma al agua. Y el agua fluye con la fuerza del fuego o la suavidad del aire.
Cada uno tiene su momento. A veces son suaves, a veces intensos. Pero siempre están en movimiento. Y cada vez que los reconozco, me siento más presente, más vivo, más conectado conmigo mismo.
Éter: el todo
El espacio que une a todos los elementos. Es silencio y presencia pura. Es el momento donde no hay separación entre yo, la música, el cuerpo y el todo.
Los elementos no van ni vienen. Siempre están.
Solo que a veces, mi atención se apaga un poco y dejo de sentirlos.
Pero cuando me vuelvo a escuchar, cuando respiro, cuando dejo de controlar… vuelven a hablarme.
Y cada uno me recuerda una parte de mí mismo.
Porque cuando bailo, soy tierra que sostiene,
agua que fluye con suavidad,
aire que se mueve con ligereza,
fuego que vibra con poder,
y espíritu que observa y abraza todo.
Incluso el deseo de despertar sigue siendo parte del sueño.Sentirnos prisioneros y buscar desesperadamente la libertad no es más que otra forma de la Matrix.No se trata de escapar, sino de comprender la naturaleza de nuestra prisión…una prisión sin muros, donde todo ocurre dentro de nosotros mismos.
No apagues tu luz solo porque hoy no brilló como esperabas.
No dejes que la tristeza te quite algo que muchos desean con todas sus fuerzas:
la oportunidad de seguir viviendo.
Capítulo 4
La Voz que Vibra en el Silencio
Hay voces
que no gritan,
pero te estremecen.
Voces que no hieren con palabras,
sino con la vibración que arrastran.
Hay tonos suaves
que acarician sin tocar,
y palabras duras
que queman sin razón.
No es el volumen,
es la energía que lleva dentro.
Una voz puede ser abrigo…
o tormenta.
Puede abrirte el pecho
o cerrarte el alma.
Por eso, antes de hablar,
respira.
Y deja que tu voz
no solo diga lo que piensas,
sino que revele
quién eres de verdad.
Hace un tiempo, mientras trabajaba en un estudio de tatuajes, ocurrió algo que no he podido olvidar. Entraron varias personas al local. Me levanté con una sonrisa y saludé amablemente. Todos respondieron… menos uno.
Ese hombre no me miró, no dijo nada. Se quedó parado al fondo del estudio, sin acercarse. En mi cabeza solo pensaba: ¿Qué le pasa? ¿Está molesto? ¿Es un maleducado?
Volví a caer en los prejuicios, lo admito. Aun así, seguí con mi trabajo y comencé a atender a las primeras personas que habían llegado. El hombre seguía allí, en silencio, esperando.
Minutos después, entró uno de mis compañeros, y fue entonces cuando todo cambió. Apenas lo vio, ese hombre lo saludó con entusiasmo. En ese mismo instante, al escucharlo, algo dentro de mí se quebró. Su voz era fuerte, grave y sorprendentemente amigable… pero también pesada, como si arrastrara consigo una carga invisible. Era como si el caos mismo hubiera tomado forma en su vibración.
No entendía por qué, pero su presencia me desestabilizó al momento. Fue como si algo me atravesara de golpe, sin previo aviso. No era lo que decía. Era cómo lo decía.
Cada palabra que salía de su boca me atravesaba el cuerpo como si fuera metralla. Físicamente me alteraba. Emocionalmente me confundía. Energéticamente me dejaba sin centro. Mi mente no entendía nada. Él no me había hecho nada. Ni me conocía. Ni me había dirigido la palabra. Pero su voz… me descolocaba.
Cuando salió del local, lo primero que le dije a mis compañeros fue: —Por favor, no me agenden nunca una cita con él. No puedo con esa energía.
Me preguntaron qué pasaba, pero no supe explicarlo. Solo podía decir que su voz me perturbaba demasiado. Y como artista del tatuaje, necesito paz, concentración y un ambiente que me inspire a crear. Pero claro… era solo una voz grave. ¿Qué tanto podía influir?
Lo que ellos escuchaban era completamente diferente a lo que yo sentía. Y eso fue lo que más me desconcertó. No había lógica. No había una razón clara. Era como si el sonido de su voz contradijera su actitud. Para ellos era una voz grave y amable. Para mí… era una tormenta silenciosa.
Durante semanas no pude dejar de pensar en eso. Me preguntaba si estaba exagerando, si era cosa mía. Hasta que un recuerdo me ayudó a entenderlo.
Pensé en un amigo. También tiene una voz grave, pero totalmente distinta. Cuando él habla, transmite seguridad. Puede decir cualquier cosa… y tú le crees. Aunque sepas que está equivocado, le das la razón. Puede decirte que algo vale mil, y se lo compras, aun sabiendo que cuesta cincuenta. Y después, cuando lo piensas, te preguntas: ¿Por qué hice lo que él me dijo?
Fue entonces cuando entendí algo que cambió mi forma de hablar, de escuchar y de estar en el mundo: la voz no es solo sonido. Es energía. Es vibración. Es emoción. Y lo más fuerte: no importa tanto lo que dices… sino cómo lo dices.
Ese día me hice una pregunta: si ya había logrado cambiar mi energía interior para transformar lo que me rodea… ¿qué pasaría si aprendo también a moldear la energía de mi voz?
Desde entonces, decidí trabajar en eso. No solo en mi cuerpo mental, emocional y energético, sino también en la vibración que sale de mí al hablar.
Porque quizás, con solo una palabra, puedo herir… o sanar. Puedo llenar un espacio de calma… o convertirlo en caos. Puedo incomodar… o dar paz.
La voz es uno de los instrumentos más poderosos que tenemos. Y la usamos todos los días, sin ser conscientes de lo que proyectamos con ella.
Por eso ahora me pregunto:
¿Qué transmite tu voz cuando hablas?
¿Tu presencia calma o perturba?
¿Eres consciente de lo que vibras cada vez que te expresas?
Yo no lo era.
Pero ahora, cada día, intento hablar con intención. Con presencia. Con alma. No para convencer a nadie… sino para que mi voz acompañe la energía que quiero dejar en el mundo.
Porque vivir plenamente también es eso: hablar con conciencia. Y entender que, a veces, una sola voz puede cambiarlo todo.
Si bien los ejemplos que usé me ayudaron a entender lo que pasa con la voz, no se trata solo de si es grave o aguda. A mí me funciona enfocarme en una sola cosa hasta entenderla bien, y luego expandirme. Por eso, al principio, me centré en esas voces graves que me habían impactado directamente.
Pero mientras más observaba, más recordaba esas voces agudas que me habían tocado de otra manera: voces con claridad, con ligereza… con algo emocional, casi transparente. Algunas tan dulces que da gusto escucharlas. Otras tan intensas que parecen un grito suspendido en el aire.
Tengo amigas que, apenas hablan, me hacen pensar: “wow, qué delicia escucharla”. Y en esos casos, sus voces son agudas. Pero también me ha pasado con voces graves. No exactamente igual… pero con un efecto muy parecido, solo que con otros matices.
Y ahí entendí algo: no se trata de que una voz sea mejor por ser grave o aguda. Lo que realmente llega, lo que te mueve por dentro, es la energía que proyecta quien habla. Esa vibración que, cuando es clara, honesta y presente… te toca. Te mueve.
Cada persona tiene una mezcla única entre tonos graves y agudos. Como si dentro de cada uno existiera un equilibrio perfecto entre lo masculino y lo femenino. Y eso no tiene nada que ver con el género ni con la sexualidad. Tiene que ver con la energía que habita en cada ser.
Las voces graves resuenan con el pecho, el vientre, la tierra. Las agudas, con la cabeza, la frente, lo sutil, lo etéreo. Ambas tienen fuerza. Ambas despiertan cosas distintas. Y lo más bonito es eso: descubrir cómo usamos nuestra voz para mostrar al mundo quiénes somos.
Este es el ejercicio que hago casi todos los días para mejorar la energía que sale de mi voz. No es algo mágico ni complicado. Es una forma simple de conectar conmigo mismo y calmar mi cuerpo, mi mente, mis emociones y mi energía.
Muchas personas repiten el sonido HOM, porque se dice que es un sonido universal.
Pero investigando un poco más, descubrí que el sonido original y más completo es AUM.
No es algo que yo inventé ni descubrí por mí mismo. Solo fui buscando más información, leyendo, escuchando… y así lo encontré.
En muchas tradiciones se dice que este sonido es la vibración primordial, el origen de todo lo que existe.
Y no es solo una idea bonita: cuando lo repites con atención, lo sientes en el cuerpo.
La “A” nace en el estómago. Vibra en lo físico, en la raíz.
La “U” se expande por el pecho. Conecta con el corazón y las emociones.
La “M” resuena en la nariz y la cabeza. Toca lo mental, lo sutil, lo interno.
Cada parte del sonido activa algo diferente: el cuerpo, las emociones, los pensamientos.
Lo practico siempre con el estómago vacío, y eso es fundamental.
Necesito haber pasado al menos cuatro horas sin comer. En muchos casos, incluso lo hago cuando siento que ya no puedo más del hambre. Porque justo ahí, en ese borde, mi cuerpo está completamente receptivo.
En esos momentos siento que el cuerpo está más limpio, más sensible, más tranquilo por dentro, y que el sonido fluye mejor.
No tengo una hora fija. Lo hago cuando lo necesito.
Lo repito mínimo 21 veces. Ese número se usa mucho en prácticas de meditación porque se dice que ayuda a cerrar un ciclo, soltar lo viejo y empezar algo nuevo.
Pero si siento que a veces no es suficiente, lo repito más veces. A veces 42, 63, o incluso más.
No hay un número perfecto. Lo importante es que lo hagas con conciencia, no desde la obligación.
Que estés presente.
Que lo hagas con calma, con intención.
Que sientas cada sonido.
Cuando usar la voz es amar
A veces me río al recordar lo mucho que deseaba tener amor en mi vida. Lo buscaba, lo anhelaba, como si fuera algo lejano. Con el tiempo entendí algo que me tocó por dentro: el amor siempre había estado ahí. A veces no como yo lo imaginaba, pero siempre presente. Lo tenía en mis padres, en mi hermano, en mis amistades, en las relaciones que tuve… y aunque no siempre lo supe ver, estaba. Estaba ahí, abrazándome en silencio. Y cada día, de alguna manera, lo agradecía. Lo hacía para mí, sin palabras, como un acto íntimo de reconocimiento.
Hasta que un día me di cuenta de algo que me tocó profundamente. Aunque desde hace tiempo agradecía en silencio el amor que recibía, nunca me había detenido a mirar con tanta claridad lo que había detrás. Cada vez que llamaba a mi madre, a mi padre o a mis abuelos, ellos me respondían con un:
—Gracias por la llamada, hijo.
Y fue ahí cuando me pregunté: ¿cuántos años de su vida han dado todo de sí? ¿Cuánto amor han entregado, sin condiciones, sin exigencias, sin esperar nada a cambio? Mis abuelos, por ejemplo… llevan casi toda una vida dándolo todo. Y en ese instante lo sentí como un golpe suave, pero real: nunca les había dicho gracias. Nunca había puesto en palabras eso que tanto sentía por dentro. Nunca les agradecí por estar conmigo en mi niñez, en mi adolescencia, en mi adultez. Nunca les dije:
“Gracias por ese amor que me das. Gracias por haber estado ahí incluso en mis peores momentos, cuando ni yo mismo me soportaba. Gracias por seguir amándome. Gracias por estar ahí para mí.”
Y aun así, son ellos quienes me siguen dando las gracias… solo por llamarlos.
Así que tomé una decisión. Algo tan simple y tan difícil como esto: llamarlos para agradecerles de verdad. No solo por costumbre. No solo por educación. Sino desde el alma. Y lo hice. Y sí, me costó más de lo que esperaba. Me temblaba la voz. Pero lo hice porque sentía que ya era hora. Que se lo merecían.
En todos los casos, del otro lado del teléfono, hubo un silencio. Largo. De esos que lo dicen todo sin decir nada. Como si su mundo interior se detuviera por un momento.
Y después, el llanto.
Y las palabras que todavía hoy me erizan la piel:
—Wow… en toda mi vida, en setenta, en ochenta años… nadie me había dicho esto. Nadie me había dicho gracias.
Y ahí entendí otra cosa. Que a veces el amor no se busca. Se reconoce. Se honra. Se nombra. Y que decir “gracias” también es una forma de amar. Una muy poderosa.
¿Hay alguien en tu vida que merece un “gracias” que aún no has dicho en voz alta?
Capítulo 5
Conversación Con Nosotros Mismos
Residuos Invisibles
Fui a presentar mi examen de nacionalidad. Me sentía bien. Tranquilo. Había estudiado durante semanas. Aprendí cosas que no me interesaban realmente: fechas, nombres, datos que poco aportaban a mi vida, pero que debía memorizar para aprobar. Aun así, me hacía ilusión. Después de cinco años, al fin cerraría un ciclo.
Ese día llegué con una sonrisa. Entregué mis documentos, me tomaron fotos, esperé. Todo iba bien. Pero cuando entré en la sala donde se presentaba el examen, algo cambió.
Mi cuerpo se tensó, el corazón se aceleró, empecé a sudar. No era miedo. No era nervios. Era algo más profundo. Una incomodidad que no venía de mí, pero que igual me invadía.
Respondí todo en menos de cinco minutos. Estaba seguro de mis respuestas. Aun así, la sensación no desapareció. Me dijeron que debía quedarme quince minutos más. Me senté. Y sentí cómo algo se me pegaba. Una energía pesada. Silenciosa. No dolía, pero estaba ahí.
Al salir, esa sensación me siguió. Durante horas. Era como si algo invisible se hubiera quedado conmigo. No me bloqueaba, pero me acompañaba. Como una espina pequeña que no puedes quitar. No te lastima, pero tampoco te deja en paz.
Pensé en el lugar. En cuántas personas habían pasado por esa sala. Gente con miedo, frustración, ansiedad. Y sentí que, de alguna manera, ese espacio estaba impregnado de todo eso. Que lo que yo había sentido no era solo mío. Era un residuo.
Y como suelo hacer, no lo dejé pasar. Le di vueltas. Lo pensé más de una vez. Porque tengo esa costumbre: meditar mucho lo que siento, lo que vivo, lo que me impacta. No por obsesión, sino porque siento que en cada experiencia hay algo por entender. Algo que, si lo miro bien, puede enseñarme algo más profundo sobre mí o sobre los demás.
Esa forma mía de reflexionar —a veces demasiado— me llevó a ver que esto no era algo nuevo. Ya me había pasado antes. Ya había sentido esa misma incomodidad después de una conversación, de un abrazo, incluso después de una mirada o un silencio.
Y entonces lo entendí: a veces, lo que sentimos no nace de nosotros. Hay cosas que se nos pegan. Personas, palabras, lugares, energías. No siempre son fuertes. A veces son apenas un roce… pero suficiente para alterarnos.
Y si no lo notamos, se acumulan. Nos llenamos de residuos invisibles. Pequeñas cargas que no sabemos de dónde vienen, pero que nos afectan.
Tal vez tú también lo has sentido. Esa incomodidad después de hablar con alguien. Esa tristeza que no entiendes. Ese cansancio que llega sin razón. A veces no se trata de lo que vives, sino de lo que absorbiste.
Por eso, es importante observarnos. Preguntarnos si eso que sentimos es realmente nuestro. Y si no lo es, soltarlo.
También tenemos la responsabilidad de decidir si queremos seguir en lugares, relaciones o situaciones que nos dejan este tipo de residuos. No siempre hace falta una gran razón para irse. A veces, basta con notar cómo te sientes después. Si algo se te pegó… tal vez no es tu lugar.
Y del otro lado, también está nuestra parte. Lo que proyectamos. Lo que decimos. Cómo lo decimos. La energía con la que hablamos, con la que miramos, con la que tocamos. Porque así como algo se te pega a ti… tú también puedes dejar algo en los demás.
Hablar con conciencia. Vivir con presencia. Cuidar lo que entregamos. Porque no todo se olvida. Y a veces, lo que parecía un simple comentario, se convierte en una espina para otro.
Vivir plenamente también es eso:
Reconocer lo que entra.
Elegir lo que se queda.
Y ser responsables de lo que dejamos en los demás.
El valor de decir no
A veces me pongo a pensar en todas esas veces en las que decimos “sí” sin querer. Por compromiso, por no incomodar, por no romper la armonía. Pero cada vez que decimos que sí a algo que no sentimos… nos estamos diciendo que no a nosotros mismos.
Aprender a decir “no” no es fácil, pero es necesario si queremos vivir con verdad. En esta vida no hay espacio para todo. Cada vez que eliges algo, estás dejando fuera muchas otras cosas. Y eso también es parte de vivir con intención.
Nos enseñaron que decir “no” es ser egoísta. Sobre todo cuando se trata de amigos o familiares, como si, por el simple hecho de ser cercanos, estuviéramos obligados a decir que sí a todo. Pero el “no” no es un rechazo. Es un límite sano. Es una manera de decir: me respeto, y también te respeto.
Sí, el “no” puede incomodar. Puede doler. Pero también te da claridad, honestidad y libertad. Cuando alguien se siente seguro de decir “no”, sus “sí” se vuelven mucho más reales. Más valiosos. Más conscientes.
Yo mismo he dicho que sí muchas veces solo para quedar bien. He regalado cosas que no quería dar. He dicho que estaba de acuerdo con algo que no sentía, solo para no generar conflicto. Y cada vez que lo hacía, algo dentro de mí se apagaba. Era como si me borrara poco a poco.
Y lo más duro es que, por dentro, había otra verdad. A veces lo único que quería decir era: “No pienso igual que tú”, “No quiero hacer esto ahora”. Pero no lo decía. Me lo tragaba. Sonreía por fuera mientras me desconectaba por dentro.
Con el tiempo entendí que decir “no” no es ser duro, ni frío, ni distante. Es ser claro. Es proteger tu espacio. Es dejar de complacer a todos para empezar a escucharte a ti. Es abrir espacio para lo que sí quieres. Para lo que sí te suma.
Hace tiempo, durante una conversación con amigos, todo fluía de maravilla… hasta que uno de ellos soltó: “No, no comparto ese punto de vista”. Lo primero que pensé fue: “¡Qué huevos tiene este!”. No por si tenía o no la razón, sino porque se atrevió a decir lo que pensaba. Porque no buscó agradar. Porque fue fiel a sí mismo.
Y la verdad es que lo respeté mucho más por eso. Porque si no puedes decir “no”, entonces tampoco puedes decir “sí” de verdad.
Capítulo 6
La llamada del mar
Algunos días, sin previo aviso, siento una necesidad fuerte y sutil a la vez. Es como si todo mi ser me dijera con suavidad pero con firmeza: debes ir al mar. No hay razón lógica, ni un motivo claro. Solo lo siento… y voy.
Cuando llego, no llevo nada. Ni teléfono, ni objetos, ni distracciones. Me siento en silencio frente al mar. No hablo. No pienso demasiado. Solo escucho. Me dejo envolver por el sonido del agua, el aire, las olas… como si todos los elementos estuvieran interactuando conmigo. Es como si me limpiaran. Como si me recordaran algo que mi mente ha olvidado, pero que mi cuerpo sí recuerda.
No busco entender. Solo me dejo estar. Me permito conectar con el todo y, al hacerlo, también me permito perder un poco la idea de mí mismo como algo separado.
A veces me quedo mirando cómo se forman las olas. Cómo cogen fuerza, se levantan como pequeñas montañas. Son como respiraciones profundas, potentes, pero controladas. Luego, al acercarse a la orilla, se deshacen, se entregan. Como si el mar también estuviera exhalando. Y en ese movimiento me enseña a respirar. O quizás intenta decirme algo.
Cuando la ola desaparece, la luz de la luna se refleja en el agua, y aparecen pequeños dibujos, como vibraciones del planeta. Es como un lenguaje secreto. Un mensaje codificado de la vida. Como si todo fuera parte de una canción enorme, y la materia solo fuera vibración.
Entonces cierro los ojos y escucho más profundo. Y en ese silencio siento que todos los elementos se unen a mí. Me fundo con ellos. Ya no soy "yo". Soy parte del todo.
Siento que la verdadera conexión comienza desde lo más elemental.
A veces, no hace falta entenderlo todo. Solo sentir. Solo rendirse al llamado.
El mar no me habla con palabras. Me habla con presencia.
Y eso… también es una forma de sanar.